This is default featured slide 1 title

Go to Blogger edit html and find these sentences.Now replace these sentences with your own descriptions.

This is default featured slide 2 title

Go to Blogger edit html and find these sentences.Now replace these sentences with your own descriptions.

This is default featured slide 3 title

Go to Blogger edit html and find these sentences.Now replace these sentences with your own descriptions.

This is default featured slide 4 title

Go to Blogger edit html and find these sentences.Now replace these sentences with your own descriptions.

This is default featured slide 5 title

Go to Blogger edit html and find these sentences.Now replace these sentences with your own descriptions.

martes, 11 de octubre de 2016

El nacimiento del Sindicato del Crimen

En la totalidad de los tres scripts de El Padrino, nadie pronuncia una sola vez la palabra Mafia. Fue, al parecer, una imposición a Francis Ford Coppola, provocada por algún tipo de demanda en tal sentido, presentada por alguna de las varias asociaciones de italonorteamericanos que existen en Estados Unidos. Y es que la Mafia es un algo poderoso, a la vez que atractivo. Y bastante universal pues, a pesar de ser un fenómeno de nacimiento en Italia y desarrollo fundamentalmente en los Estados Unidos, su desarrollo a través de todo un subgénero fílmico ha hecho que, de una forma o de otra, todos sepamos un poco de los mafiosos.

Sin embargo, cuando uno lee libros en los que los mafiosos hablan en primera persona (os recomiendo, por ejemplo, Murder machine, escrito por Gene Mustain y Jerry Capeci, libro basado sobre todo en las confesiones de Dominick Montiglio, integrado dentro de la banda de Carlo Gambino; me temo que no hay versión en español), éstos se suelen burlar de esas pelis. Especialmente de El Padrino, saga que los mafiosos suelen considerar falsaria y exagerada. Por lo que yo sé, en parte no les falta razón. Todo parece indicar que en los argumentos inventados por Mario Puzo hay alguna que otra cagada. Por ejemplo, la matanza perpetrada por Joy Zasa (Joe Mantegna) en Atlantic City (El Padrino III); una acción que podrá servir para que Andy García se luzca montando a caballo cuando se carga a Zasa; pero que es, simple y llanamente, inconcebible dentro del Sindicato del Crimen.

Y es que el crimen organizado es algo bastante complejo de comprender. Una realidad dentro de la cual caben situaciones muy diversas y variadas, algunas de ellas incluso incongruentes. Las pelis, por necesidad, tienen que ser de lectura simple, y eso hace que cometan errores al describir esta realidad. La realidad está mucho mejor expresada, como casi siempre, en los libros.

Hoy quiero traeros aquí la historia, o lo que yo sé de la historia, de cómo nació el crimen organizado en los Estados Unidos.

El Sindicato del Crimen nació en 1932, en un hotel de Nueva York. Fue, fundamentalmente, invento de Albert Capone, el italiano que un día emigró de Nueva York a Chicago y, una vez allí, se dedicó a barrer pacientemente a las bandas irlandesas que dominaban la ciudad. Al Capone era un hombre extraordinariamente sanguinario, pero también era un calculador muy frío. En los años treinta, se dio cuenta de dos cosas: una, que la Ley Seca no duraría siempre, así pues los negocios no podrían basarse eternamente en el contrabando de alcohol. Y dos, que la Mafia tal y como se conocía hasta entonces estaba condenada al fracaso.

Los primeros mafiosos llegados a Estados Unidos eran los mafiosos sicilianos y, en menor medida, calabreses o napolitanos, que ya lo eran en Italia. Para los sicilianos, la creación de un Estado italiano unificado no fue muy buena noticia, así pues muchos tomaron las de Villadiego o, mejor dicho, las de Nueva York. Pero, una vez en EEUU, mantuvieron sus principales costumbres. La primera, el numerus clausus racial, esto es: nadie que no fuese siciliano podía entrar en la Mafia (y medio siglo después, la regla sigue vigente en Goodfellas, para mi gusto la mejor película jamás filmada sobre el crimen organizado). La segunda, la rivalidad entre bandas. Porque la ética mafiosa es la ley del más fuerte: si yo chuleo a mis prostitutas en la acera izquierda y tú chuleas a las tuyas en la derecha, entonces es claro que un día vamos a hacer tú y yo que las navajas hablen, y el que quede vivo chuleará las dos aceras.

En sus comienzos, además, las organizaciones criminales italianas no se organizaron demasiado. Son los tiempos de la denominada Mano Negra, a la que pertenece Don Fanucci, el mafioso a quien Vito Corleone se carga en sus primeros años en América, según se nos refiere en el flashback de la segunda parte de El Padrino. La Mano Negra no fue una organización como tal. Se la conocía así porque quienes escribían cartas extorsionando a los inmigrantes italianos las firmaban con un dibujo de una mano negra. Pero, en realidad, nunca hubo una organización centralizada, como demostró claramente el que quizás fue el primer policía de Nueva York que investigó seriamente a la Mafia: el teniente Joe Petrosino.

A Capone ninguna de las dos reglas de funcionamiento de la Mafia le servía. La primera, porque sabía que su fuerza se basaba en contratar para sí los mejores pistoleros, y el mejor pistolero no tiene por qué ser necesariamente siciliano. La segunda, porque un sistema de selección natural es, como dicen los mafiosos del cine, malo para el negocio.

En realidad, no fue exactamente Capone quien inventó el Sindicato. En realidad, según se dice, fue Johnny Torrio. Torrio fue, durante los años previos a la Ley Seca, un mafioso de medio pelo pero, sin embargo, con la llegada de la prohibición fue enviado a Chicago para gestionar allí los intereses de un capo conocido como Big Jim Colosimo. No obstante, Torrio quería volar solo y fue por eso que, tras unos tratos con su amigo Frankie Yale (en su día lugarteniente de Masseria) logró, digamos, quitarse de encima a Big Jim. Una vez que tuvo libertad de acción, se trajo a Capone a Chicago.

Fue durante aquellos años chicaguianos, cuando Torrio vivió en primera persona el estrecho cerco al que fue sometido Capone (entre otros por el famoso Elliot Ness y sus untouchables), cuando Torrio comenzó a maquinar la mejor manera de conseguir que la bofia dejase en paz a los mafiosos. Y llegó a la conclusión de que la solución estaba en matar lo menos posible; en hacer pasta pero sin dar demasiados problemas.

Así pues, Capone inventó el Sindicato del Crimen, que se basa en un crimen organizado, es decir en una estructura de criminales, respetada por todos ellos, en la que había un centro directivo formado por los cappi o jefes, que asimismo eran jefes de otros jefes, que eran jefes de otros jefes y estos de los soldados; un poco al estilo de las legiones romanas, nos dice Frankie Pentangelli (Michael V. Gazzo) en la segunda parte de El Padrino.

Las grandes novedades del Sindicato del Crimen, que lo hicieron superior a la Mafia, son dos:

1) Un estricto reparto de los territorios, merced al cual cada banda recibía la designación de ciertos lindes dentro de los cuales sólo ellos podían ejercer su actividad.

2) Una estricta regulación de los asesinatos. Nadie perteneciente al Sindicato podía ser asesinado por nadie sin permiso del Consejo Director, el cual solía concederlo después de un juicio en el que el acusado tenía las garantías habituales (alguien que lo defendiese, llamar testigos, etc.) Si recordáis, el psicópata Tommy de Vito (Joe Pesci) se mete en un lío de mil demonios en Goodfellas precisamente por cargarse a un miembro del Sindicato, Billy Batts (Frank Vincent; por cierto, un excelente actor de comedia, que en esta peli lo borda, porque nadie, absolutamente nadie, sabe dirigir actores como Martin Scorsese). Finalmente, Pesci será ejecutado y, tras volarle la tapa de los sesos, Vinnie (Charles Scorsese) declamará: «Venganza cumplida». O, lo que es lo mismo: a ver si te enteras, mamón, que en el Sindicato nadie mata a nadie sin permiso.

Para estos nuevos criminales, los mafiosi de toda la vida eran unos caducos. Los llamaban «los tíos de la barra de hierro» (por la afición que tenían a dar palizas con ella) o «los bigotudos» (porque, en un gesto ya entonces anticuado, solían llevar bigotes historiados, al estilo del que porta Daniel Day Lewis en Gangs of New York. Al frente de esta Mafia tradicional estaba primero Ignazio Saieta, más conocido como Il Lupo (El Lobo) y,más tarde, Giuseppe Masseria. Masseria llegó a la categoría de Amo de Nueva York al viejo estilo de la Mafia, es decir cargándose a sus oponentes, como hizo con Umberto Valenti. Sin embargo, lo que don Giuseppe no esperaba es que la oposición le fuese naciendo en su propio seno. Necesitado de lugartenientes para gestionar negocios cada vez más complejos, Masseria acabó seleccionado para ser su hombre en el bajo Manhattan a un siciliano con pocos escrúpulos llamado Carlo Lucania o, como le llamaban en América, Charlie Lucky Luciano.

Mientras trabajaba para Masseria, Luciano trababa conocimiento con otros mafiosos con nuevos criterios. Es el caso de Lepke y su socio Gurrah, o de la sociedad que ya entonces formaban el dandy Bugsy Siegel (que con el tiempo acabaría poco menos que inventando Las Vegas) y Meyer Lansky, personaje en el que está directamente inspirado el de Hyman Roth de la segunda parte de El Padrino (de hecho Lansky vivió, al final de sus días, una odisea muy parecida a la de Roth en la película, viajando de un país a otro y siendo expulsado de todos).

A Massseria le gustaba Lucky. Le sabía hacer la pelota y, además, era muy bueno en lo suyo. Así pues, solían cenar juntos. En abril de 1931, más o menos mientras en España nacía la II República, Lucky invitó a su jefe a cenar a uno de sus restaurantes preferidos, Scarpato's. Esa noche, Masseria comió como un elefante y bebió como Tiburcio. Casi ni se dio cuenta de que el restaurante se iba vaciando. Cuando ya estuvo vacío, Luciano se excusó y se fue al lavabo. Mientras se lavaba las manos, tres tipos entraron en el restaurante y le metieron a Masseria veinte balas en el cuerpo.

La Mafia había muerto. Y había nacido el Sindicato.

O no del todo. Para sorpresa de propios y extraños, y sobre todo de la Unione Siciliana fundada por Luciano y que era la sala de máquinas del Sindicato, un grupo de delincuentes se aferró todavía a la vieja guardia. Eran los llamados Greaser o Handlebar Guys, y estaban dirigidos por un tipo terrible: Salvatore Marrizano, a veces conocido también como Maranzano.

Al principio, Charlie Lucky Luciano creyó a Maranzano cuando éste le prometió una especie de no beligerancia. Pero entonces estalló uno de los grandes conflictos de los negocios criminales de aquellos tiempos, es decir el conflicto de la Amalgamated, donde varias facciones, cada una apoyada por distintos pistoleros, lucharon por hacerse con el control de aquella empresa, que era una especie de Zara de la época. Una de las facciones, la de Philip Orlovsky, contrató a una de las bandas del Sindicato, la de Lepke. Sydney Hillman, el otro contendiente, respondió contratando a Maranzano. Hubo tiroteos. Quedó bastante claro que éste estaba intentando hacerse con todo el pastel.

Las tres partes de El Padrino tienen varias cosas en común. Quizá el nexo más claro es que todas las películas, las tres, terminan con una matanza, con una serie de acciones en las que muere un montón de gente, en general de mala manera. Yo estoy convencido de que esas matanzas de final de película las inventó Mario Puzo inspirándose con la matanza del 11 de septiembre de 1931, la más audaz operación jamás organizada por la fría mente de Luciano.

El 11 de septiembre por la tarde, cinco hombres penetraron en las oficinas de Salvatore Maranzano en el Grand Central Building de Nueva York. Comandaba la partida uno de los tipos más sanguinarios de aquella partida, Bo Weinberg, el siniestro pistolero de Arthur Fregenheimer, más conocido como Dutch Schulz. Lo acompañaban un asesino de la banda de Sieger y Lansky y otros dos sicarios de Longy Zwillman, magnate de los bajos fondos de New Jersey, más un quinto hombre que no fue identificado. O sea: el Sindicato del Crimen en estado puro. Varias bandas colaborando para acabar con otra.

Los cinco hombres se hicieron pasar por policías. Los doce guardaespaldas de Maranzano se dejaron colocar de espaldas a la pared. Varios de los asesinos entraron entonces en el despacho de Maranzano, le pegaron dos tiros y le cortaron el cuello.

Más o menos en el momento en que esto estaba ocurriendo, entre treinta y cuarenta jefes menores de la vieja Mafia estaban siendo asesinados en distintos puntos de Estados Unidos. Luciano había cumplido su palabra. Los Greaser habían dejado de existir.

Finalmente, el Sindicato del Crimen quedó formado (en Nueva York; además, hay que tener en cuenta a Capone) por los denominados Seis Grandes aunque, en realidad, eran siete:

En primer lugar estaba Frank Costello, considerado el jefe, un hombre que había hecho una gran fortuna con la Ley Seca y que tuvo la inteligencia de ver antes que nadie las posibilidades de explotar el negocio del juego. Se trasladó pronto a Nueva Orleans, desde donde comandaba el sindicato.

Luego estaba Charlie Lucky Luciano, el poder mafioso por definición, el fundador de la temible Unione Siciliana.

Joey Adonis, un auténtico especialista en cultivar las relaciones políticas.

Lepke y Gurrah, asesinos a sueldo que, además, explotaban el negocio de la extorsión a empresarios.

Bugsy Siegel y Meyer Lansky.

Abner Longy Zwillman.

Y, por último, Dutch Schultz.

Pero Schultz moriría pronto. Y moriría a manos de ese Sindicato al que pertenecía. Y la razón de que lo matasen fue que quería matar... a un fiscal que estaba metiendo mafiosos en la cárcel.

¿Difícil de entender? Bienvenidos a la poliédrica realidad del crimen organizado.

A ver si un día tengo tiempo y ganas, y vosotros paciencia, de escribiros la increíble historia de Dutch Schultz y, quizá, de algún otro mafioso de leyenda.

Mafiosos de leyenda: Dutch Schultz

El crimen organizado es una actividad que ha dado para tanto que atesora todo tipo de mitos. Existe el mito del mafioso listo y el del mafioso tonto, el del chico con suerte y el del desgraciado. Y existe, cómo no, el mito del mafioso brutal, echado para adelante. De entre este tipo de mafiosos, probablemente Arthur Flegenheimer, más conocido como Dutch Shultz, es el más famoso. Schultz era sanguíneo, impulsivo y falto de escrúpulos. Tenía muy claro lo que significaba ser un criminal y el tipo de cosas que has de hacer cuando te apuntas a esa movida. Lo curioso de su historia es que, finalmente, murió precisamente por sus actividades criminales, lo cual no es nada anormal; pero a manos de otros criminales, lo cual, creo yo, sí que merece una explicación.



En 1933, la estrella de Dutch Schultz parecía apagada para siempre. Meses atrás, el Holandés (Dutch significa precisamente eso: holandés) había tenido que salir por patas de Nueva York, perseguido por la más eficiente maquinaria antiMafia de los Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX: el IRS, Internal Revenue Service o, como lo llamamos aquí, la Agencia Tributaria. Ya sabemos bien que la evasión de impuestos fue la inesperada puerta para trincar a muchos mafiosos; así fue, por ejemplo, como los federales lograron meter en la trena a Alphonse Capone. Además, por lógica, el delito fiscal era mayor cuanto más grande era el mafioso, y el Holandés era un criminal king size.

Como todos los mafiosos de aquella época, Schultz había hecho mucho dinero con el contrabando de alcohol. Sólo entre 1929 y 1931, la policía calculó que la venta de cerveza le había dejado, después de gastos, 481.000 dólares limpios de la época, cifra que hoy deberíamos multiplicar bastante. Además de eso, la banda de Schultz se dedicaba al más viejo oficio mafioso, la protección, y a la lotería conocida como de los números.

Flegenheimer nació en 1900 y era hijo de un hombre que poseía un saloon en el Bronx. Su madre era extraordinariamente religiosa y, al parecer, nunca logró superar que su querido hijo se dejase seducir por el lado oscuro de la Fuerza. A los diecisiete años, Schultz ya dio con sus huesos en la cárcel durante quince meses a causa de un robo. Fue al salir de aquella trena, fogueado en el hampa y convertido en un matón, cuando la gente empezó a llamarle Dutch Schultz, que era asimismo el nombre de un matón de una especie de banda del Bronx, la de Frog Hollow, a quien la gente tenía por tipo especialmente cabrón.

Schultz formó su propia banda en compañía de un personaje muy parecido a él, Joey Rao, quien acabó implicado en uno de los asesinatos más impresionantes que recuerda la ciudad de Nueva York: el del comisario de elecciones Joseph Scottoriggio, quien fue apaleado hasta la muerte en Harlem, en plena calle y a la luz del día, en 1946. Preocupados por la cercanía del fin de la prohibición, que dejaba a estos como a otros mafiosos sin negocio, el Holandés y Rao se aliaron con los grandes magnates del juego en Nueva York, Dandy Phil Pastel y su jefe, el famoso mafioso Frank Costello. Además del juego, Dutch se introdujo en el negocio de extorsionar a los restaurantes y en la lotería de los números. Además, tenía un equipo de lucha libre y caballos, además de poseer clubs nocturnos. Su banda de matones era de lo mejorcito de Nueva York; podían partirle la cara a cualquiera sin problemas. Y, por supuesto, con tanto dinero, al Holandés no le faltaban amigos en los estamentos políticos.

Aún así, Schultz era famoso entre los mafiosos por ser un cabrón. Un cabrón entre cabrones. Cualquiera que haya visto buenas pelis de la Mafia o haya leído libros habrá descubierto que los mafiosos siempre quieren creer que propugnan un orden propio, una especie de estado de cosas que en el fondo controlan (aunque ese estado de cosas suponga cargarse de vez en cuando a alguien). En este terreno, Schultz encajaba mal porque era un estafador nato. Sus licores eran todos de garrafón e, incluso, hizo algo increíble como es tratar de manipular la lotería de los números.

Los números era, en aquellos años difíciles de la depresión, la gran distracción, y al mismo tiempo la gran ilusión, de la gente pobre de Nueva York. Para muchos desheredados, blancos y negros, aquella era la única oportunidad de dejar de ser una puta mierda. La lotería de los números funcionaba con las apuestas de las carreras de caballos. De esta manera, el boleto premiado salía de un hecho aleatorio, como era la dinámica de apuestas a caballo ganador, segundo y tercero de determinadas carreras.

Pues bien: Flegenheimer, no contento con ganar la parte normal de la banca, se puso a pensar sobre cómo conseguir que dicha parte fuese mayor. Dado que no era un tipo exento de inteligencia, dio en pensar que alguien que fuese una fiera en las matemáticas podría calcular de qué forma conseguir que el número final ganador resultase ser el que la gente había jugado menos. Así que contrató a un matemático, Abbadabba Berman, que era capaz, minutos antes de cerrarse las apuestas, de calcular a qué caballos había que meterle dinero para que las combinaciones de las apuestas se moviesen de forma que los números resultantes fuesen los menos frecuentes. Era, pues, una lotería amañada en la que el Holandés estafaba millones de dólares a un ejército de obreros y parados.

En eso llegó Hacienda.

A los señores de los impuestos los sufrimientos de los desempleados se la traían floja. Decidieron empurar a Schultz por la pastizara que había cobrado sin pagar un níquel al Tío Sam. Schultz se vio repentinamente obligado a huir. Contrató a un ejército de abogados cuyo principal objetivo sería conseguir que su cliente no fuese juzgado en la ciudad de Nueva York, donde mucha gente le conocía y se sabía de las palizas que tenía a bien regalar de cuando en cuando a todo aquél que no se avenía a sus deseos. Finalmente, los leguleyos consiguieron su objetivo, y la vista del caso el Pueblo contra Flegenheimer se trasladó a Siracusa. Una vez conseguido esto, y tras año y medio debajo de la tierra, Schultz reapareció en el mundo de los vivos, se fue a Siracusa, y se convirtió en una especie de ONG con sombrero. Si en Siracusa había un niño con muy buenas notas que no podía ir a la universidad, el Holandés le pagaba una beca; si había una farola rota, él la reparaba; si una iglesia que no tenía dinero para reparar la techumbre, por ahí aparecía el mafioso y apiolaba los dólares que hiciesen falta. Y los periódicos, también convenientemente enervados, lo publicaban todo. Corolario: cuando se vio el juicio, el jurado fue incapaz de alcanzar un veredicto.

Los abogados de Schultz, envalentonados, lograron enviar la revisión del proceso a donde Cristo perdió los palos de golf: a la pequeña localidad de Malona, en Nueva Jersey, en el límite del Estado. Lógicamente, Schultz repitió la jugada, gastó dinero a manos llenas, visitó hospitales, besó bebés y lo que hizo falta.

Y salió absuelto, claro.

Una vez libre como un pajarillo, Flegenheimer se estableció en Newark, cogió el teléfono y llamó a Bo Weimberg. Weimberg era uno de sus lugartenientes y la persona a la que el Holandés había dejado al cargo de la banda en su ausencia. Con voz temblona, Weimberg le informó de la verdad: su banda ya no existía. El Sindicato se la había quedado.

Ya hemos dicho que Schultz no era muy respetado entre los mafiosos. Esto es tan así que cuando los jefes mafiosos crearon el Sindicato del Crimen, es decir la organización dentro de la cual las bandas se repartían territorios y montaban un sistema para no matarse entre ellas, él no fue llamado a la reunión: lo consideraban demasiado impulsivo y rompehuevos como para formar parte de esa partida. Cuando Schultz tuvo que salir de Nueva York cagando virutas, todo el mundo pensó que no lograría volver. Así pues, los distintos mafiosos se repartieron su banda. Los hombres del Sindicato fueron a ver a Weimberg y le ofrecieron repartir todos los pistoleros de Schultz entre las bandas existentes, y éste aceptó. Los dos principales beneficiarios del reparto fueron Lepke, que quedó con el negocio de la extorsión; y el famosísimo Charles Lucky Luciano, que se quedó con las tiendas de apuestas en la lotería de los números.

El Holandés, sabiendo a quien se enfrentaba, apretó los dientes y empezó de nuevo. Pero, claro, como no le importaba rifar hostias, finalmente acabó saliendo adelante. Y así llegamos a los principios de 1935, cuando un escándalo sacude los juzgados de Manhattan. En los mismos, una investigación relativa a la lotería de los números parece llegar a acusaciones gordas para gente importante. Automáticamente el fiscal del distrito, William C. Dodge, retira del caso al fiscal que estaba obteniendo las pruebas y comienza a dedicarse a esa actividad que en España denominamos marear la perdiz. En un movimiento bastante poco habitual, el jurado reaccionó solicitando que Dodge fuese apartado del caso. Y así fue como llegó a su primer caso contra el crimen organizado un joven fiscal de prometedora carrera, tan prometedora que acabaría siendo nada menos que candidato a ocupar la Casa Blanca: Thomas E. Dewey.

Dewey y Schultz ya se conocían. El abogado había participado en el caso por evasión fiscal que casi escalabra al mafioso, y éste lo sabía. Ahora, Dewey quería meter la zarpa en el asunto de los números, que era, después del expolio que le había hecho el Sindicato, su gran fuente de pasta.

Otros criminales más sutiles habían pensado soluciones más sutiles. Pero no Flegenheimer. El Holandés era lo que era, así pues llegó a la conclusión más directa. ¿Me molesta Dewey? Pues, vale: me lo cargo.

Fue entonces cuando Schultz se acabó por enterar de que existía el Sindicato del Crimen. Porque una de las reglas del Sindicato era que nadie podía matar a nadie (entiéndase personas importantes y tal) sin permiso del Sindicato. Enterados los mafiosos de las intenciones del Holandés, se convocó una reunión en Nueva York para decidir si Schultz se podría cargar a Dewey. Al Holandés le sentó tan mal aquella historia que se presentó en la reunión, a pesar de que se celebró en Manhattan, un lugar que no podía pisar por orden judicial.

En el meeting no hubo fumata blanca. Algunos mafiosos querían cargarse al fiscal, otros no. Así pues, el consejo hizo lo que hacen todos los consejos cuando se empantanan: dar una patada a seguir, declarar que hace falta pensar más profundamente la cosa, y quedar para una semana después. Schultz estaba fuera de sí. Pero algo consiguió. Consiguió convencer al Sindicato de que, caso de que una semana después la decisión fuese matar a Dewey, deberían haberlo vigilado antes para apreciar la mejor ocasión para ello. Así pues, los mafiosos aprobaron que el fiscal fuese vigilado durante esos siete días.

La tarea le fue encomendada a Albert Anastasia, rey de los docks de Brooklyn. Anastasia colocó un hombre frente a la casa de Dewey paseando con un niño prestado. De esta manera, los mafiosos pudieron saber que el fiscal era hombre de costumbres muy fijas, de forma que salía de su casa todos los días a la misma hora, acompañado por dos guardaespaldas, y paraba dos manzanas más allá en un drugstore, donde se metía unos minutos en la cabina telefónica para llamar al despacho. No lo hacía desde casa porque sospechaba que, a causa del caso que llevaba, su teléfono podría estar pinchado por los mafiosos. Dado que entraba solo en la tienda, se decidió que ése sería el momento de matarle. El asesinato iba a cometerse con una pistola con silenciador, y el dependiente entraba en el lote. Una vez hecho el trabajo, el asesino tendría mogollón de tiempo para huir tranquilamente, antes de que los guardaespaldas comenzasen a mosquearse o entrase otro cliente.

La reunión aplazada, sin embargo, no salió como Schultz esperaba. Con gran pericia, Lepke y Luciano convencieron a sus correligionarios que de Dewey, al ser un fiscal con competencias en Manhattan, apenas podría tocar una pequeña parte de su negocio; así pues, era ilógico exponerse a un gran peligro matando a un fiscal de los Estados Unidos cuando lo que estaba en peligro no era tanto.

El Holandés era demasiado impulsivo para aceptar una decisión como ésta. Así pues, decidió matar a Dewey él solo, en cualquier caso. Y no sólo hizo eso, sino que fue por ahí contando lo que iba a hacer. Sí, era un chulo. A los chulos siempre les pierde lo larga que tienen la lengua.

Así las cosas, el Sindicato decidió que tenía que cargarse a Schultz, para con ello salvar al fiscal que estaba intentando empurarlos. Verdaderamente, el mundo al revés.

El trabajo fue encargado a dos pistoleros de Lepke, Charlie Bug Workman y Mendy Weis. El trabajo no era fácil porque Schultz se dejaba ver poco y casi siempre era en un lugar de Newark llamado Palace Chophouse, donde despachaba sus asuntos en una habitación con una sola entrada, muy sencilla de proteger. En la operación actuó un tercer hombre, que hizo de chófer, que al parecer tenía el mote de Piggy.

Schultz había decidido matar a Dewey en la mañana del 25 de octubre de 1935. La noche del 23, en un sedán negro, los tres asesinos del Sindicato se dirigieron a Newark en un sedán negro, que aparcaron delante del Palace Chophouse a eso de las diez de la noche.

Quien entró en el bar fue Bug Workman, un experimentado y frío pistolero. Recorrió el bar tranquilamente, espiando los lugares desde donde podría ser atacado una vez que comenzase la tangana. Dentro de sus comprobaciones, hizo algo que un asesino a sueldo siempre hace: entrar en los baños, para ver si hay alguien dentro (cuando empiezan los disparos, lo más difícil es controlar a alguien que salga del baño disparando, así que lo mejor es cerciorarse de que está vacío).

Dentro del baño, Workman encontró a un hombre meando. Se miraron. A Workman le pareció levemente familiar. Se mosqueó. Sabía que aquel bar estaba lleno de asesinos como él. En esas circunstancias, la mejor garantía era disparar primero. Así que Bug aprovechó que el otro tipo tenía aún prácticamente la chorra en la mano y le disparó.

Cuando salió del baño, el bar estaba vacío. El personal se había hecho agua al oír los disparos, con la excepción del barman, que se había metido debajo del mostrador. Tranquilamente, avanzó hacia la habitación de Schultz y abrió la puerta. Dentro encontró a tres personas. Le estaban esperando, y empezaron a disparar. Lo que distingue a un pistolero experimentado del resto de las personas es su sangre fría. A los demás, si nos disparan nos vamos de bareta; sólo alguien que ha matado mucho sabe conservar la calma, dar un paso atrás, apuntar tranquilamente. Y matar.

Por increíble que parezca, Workman mató a sus tres agresores. Eran Lulu Rosenkranz, chófer de Schultz; Ab Landau, matón de la banda; y Abbadabba Berman, el genio matemático.

Sólo cuando salía del bar, preocupado por no haber cumplido la orden, cayó Workman en la cuenta de que sí lo había hecho. De eso le sonaba el tipo del baño. El primer agredido era, efectivamente, Dutch Schultz.

Schultz vivió aún 24 horas tras los disparos. A lo largo de ese tiempo, en una ocasión, mientras era interrogado por la policía sobre quién le había disparado, informó, enigmáticamente: «el amo en persona». Todo parece indicar que murió sin tener ni puñetera idea de quién le había disparado.

Cosas curiosas que tiene la vida. Lepke fue uno de los mafiosos del Sindicato del Crimen que más porfió por conservar la vida de Thomas E. Dewey. Y, años después, sería en las manos de Dewey, como gobernador, donde estaría la vida de Lepke, condenado a muerte.

Pero la historia de aquel juicio, y de la decisión final de Dewey, es otra historia. Por hoy, basta de rollo.